Defensa de la arena

Adolfo Barberá
En el catálogo Defensa de la arena
1 Cof, Cof. Paco no he visto tus cuadros, sólo este desierto, sueño de D. Barrios. Como esa carretera sin variante, interrumpida, hagamos historia: Los Tres Caballeros, El Gobierno de los Pies, Entre Ajo y Zafiro, Seis Mercaderes en Sábado. El testamento de Los Tres Caballeros coincide en el tiempo (out of joint) con el afán (político) de manifestarse. «En política no hay verdad ni mentira, sólo fuerza». Es ésta una forma ingenua  de cinismo que tarde o temprano termina por convertirse (¡cosas veredes!) en certeza. De la verdad el movimiento desgarra. Toda fuerza está arruinada como una bahía inútil.
2  Nos hemos adentrado en el desierto (en su turbia claridad) con un cielo cubierto de objetos disgregados y con manchas (de charcos) plateadas aquí y allá. Desierto sulfuroso, áspero, ardiente, interminable, con la montaña siempre a un lado, a la izquierda.
De niño el pintor a duras penas contenía el repetido vómito. De joven, la sangre de sus piedras lo sorprendió en Milán, en la Academia de Brera.
3 Cantábamos a dúo una canción en el Club del Lagarto (o traía los bolsillos llenos de cachorros) (o lo despertaba bien entrada la mañana en su cuarto de estudiante) (o mirábamos cómo un grupo de hombres hermanados como hormigas cruzaban la calle en dirección al leve castigo acuático) (o paseábamos –en vano– por el jardín  botánico) por aquel tiempo en que D. Barrios presumía de ducharse poco. ¿Por qué decir cantábamos, traía, despertaba, etc., cuando tal vez sólo cantamos, trajo, despertó, etc., en una ocasión? ¿Por qué hacer una ley de lo que tal vez ni una sola e irrepetible vez sucedió (o sucedía)?
4  Hacíamos una ley de lo que sólo sucedía una vez.
5 Entonces D. Barrios me dijo (o me decía) que en San Carlos sólo había un hotel. «Un hotel siniestro». Y vi (o veía) el restaurante siniestro de ese hotel de montaña. «Los camareros, en vez de decir ‘agua’ decían ‘water’ «. Luego se sucedieron (o se sucedían) imágenes del desierto y de una carretera que descendía desde el hotel hasta la planicie. La carretera estaba totalmente destruida, como si un terremoto o la realización de una variante (que en todo caso no estaba a la vista; o quizás fuera una variante imaginaria o imaginada; o quizás las obras se hubieran iniciado, pero sin culminar con la realización de la variante) la hubiera desfigurado para siempre.
A pesar de ello, tratábamos (o tratamos) de seguir la carretera, dando saltos –a veces como si de un bancal (¿tal(m)ud?) se tratara– cuando era necesario.
Al final la carretera alcanzaba una planicie desierta donde se unía a otra carretera sin tráfico pero en perfecto estado.
6 Seis. Seis Mercaderes.
Estudió (¿o estudiaba?) una lengua (por ejemplo toscana) para mejor comprender en estos tiempos desérticos de árida ficcionalidad. Nuestro pintor no fue pastor ni vio cabras. Nuestro pintor solo vio arena, la arena de su vientre ahora en las formas. «La arena ahora es oscura».
No son paisajes, no son figuras; es el  lugar lo que Paco de esa Torre nos da.
7 Los Tres Caballeros se manifestaron y formaron sociedad. Y no fueron (o eran o son) ni tres ni seis. Ni siete. Compactaron la arena bajo sus pies desgobernados. Y de ajo y zafiro cubrieron sus tálamo.
Y escribieron un testamento: en sábado. Y Paco de esa Torre construyó una fortaleza en los campos. Y vino de los campos y dijo: «Además de defender en Sábado debo defender la arena de mis cuadros, debo defender el  lugar puro –el desierto (en mis cuadros)–.» Y añadió: «Yo fui [¿o era?] el hombre–araña. Mirad las fotografías. La fuerza (sí, esa) viene siempre más tarde, para nuestros nietos, para provecho de ese gran cinismo sin cabeza, sin ojos, que todo lo puede».
Invitación Defensa de la Arena

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